Archilovers

La villa etérea de Bofill

Dos meses antes de su fallecimiento, Ricardo Bofill nos desveló su proyecto para una villa en nuestro resort Palmares. La idea era sencilla. Un templo clásico orientado al mar, como tantos ha habido en la arquitectura grecorromana. Un bosque de columnas que sostiene el cielo limpio del Algarve y que es el punto de partida para un proyecto excepcional. Hoy lo compartimos con vosotros.

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La historia se empeña en asociar a Bofill con el posmodernismo. Es lo que podemos leer en multitud de artículos: “el arquitecto posmoderno”, “una de las principales figuras del posmodernismo”, “el principal exponente del posmodernismo europeo”… Y así hasta el infinito. Sin embargo, su arquitectura va mucho más allá de Les Espaces de Abraxas, de Les Arcades du Lac, o del 77 West Wacker Drive. También es Xanadú, el Poblado Agrícola Houari Boumédienne, la Muralla Roja y, por supuesto, La Fábrica. Es decir, su posmodernismo va mucho más allá de la forma; es, ante todo, una cuestión de contenido.

De hecho, la recuperación de los elementos clásicos en lo estético tenía algo de reivindicación -incluso de venganza- de la arquitectura de principios del siglo XX; aquella tan ecléctica que el movimiento moderno erradicó en los años 20 y 30. La aversión que Bofill manifestaba sobre el modelo de ciudad de Le Corbusier nacía de su desnaturalización de lo que la humanidad había tardado milenios en crear. Frente a ello, la ciudad mediterránea, con su cierto caos y su enorme interrelación de espacios y actividades, era el prototipo perfecto, porque estaba viva. Bofill nunca asumió la división de Le Corbusier y su concepto de máquina. Para él las ciudades beben de su pasado, crecen según sus necesidades y, cuando el urbanismo falla, no es necesario derribarlo todo y empezar de cero. Al contrario, las ciudades pueden curarse, porque no son mecánicas; son orgánicas.

Pero ¿qué sucede cuando hablamos de una casa aislada? Entonces, el posmodernismo que puso en práctica en sus grandes proyectos urbanísticos puede convertirse en pura abstracción. Y ese ha sido el caso. La villa de Palmares es la materialización de una idea, desprovista de todo ornamento, desacralizada y convertida en un tributo a los antiguos templos griegos y romanos. Bofill toma la columna como elemento de identidad y proyecta el edificio al exterior a través de una sucesión de cilindros limpios y estilizados. Su arquitectura se desarrolla a cielo abierto y, en la parte cubierta, es el patio el que ordena los espacios y da sentido a la distribución interior. Estamos ante una domus del siglo XXI.

El ritmo de la repetición de las columnas, su elegancia emergiendo del terreno intacto, los toldos ondeando amarrados a los extremos superiores y los materiales en bruto del edificio. Todo tiene algo de abstracto y, sin embargo, también de tangible. Una dualidad que converge sin contradicciones y que tiene también mucho de onírico. Quizás por su pureza constructiva, por su reducción a la esencia de las cosas, o por su aparente pertenencia al mundo de las ideas. Si existe un ideal del posmodernismo, en la mejor de sus acepciones, es la villa de Palmares.

Así y todo, en ella, hay muchos más detalles que merecen una revisión y que son igualmente representativos del arquitecto catalán. En particular, nos referimos a su estructura modular, según la cual, el programa de la villa puede modificarse a través de una cuadrícula sin perder un ápice de su personalidad. En la villa, la modularidad es mucho más sencilla que la del Walden 7 o la Ciudad en el Espacio, por su horizontalidad, pero es igualmente ingeniosa, por su capacidad para adaptarse a un paisaje natural sin apenas dejar huella en él.

Para nosotros es un orgullo poder hacer realidad un proyecto tan especial. Su importancia, en tanto que uno de los últimos proyectos de Bofill, es enorme; pero su valor emocional lo es aún más. Porque este legado arquitectónico formará parte de un gran proyecto diseñado por RCR Arquitectes. Las líneas maestras del resort Palmares, con su absoluto respeto al entorno, se enriquecen con el contraste de la villa. Todo el conjunto adquiere profundidad. La arquitectura rotunda y orgánica de los Pritzkers 2017 se funde con este último posmodernismo abstracto, casi etéreo, de Bofill. Y funciona.

TEXTO: Nacho Carratalá.

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