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Nakagin Tower: la muerte de un edificio vivo

No es la primera vez que asistimos a la desaparición de un icono arquitectónico. En nuestro país, por desgracia, ocurre con más frecuencia de lo habitual y, por regla general, con fines especulativos o por simple capricho de los propietarios. Sin embargo, en esta ocasión, decimos adiós al paradigma de la arquitectura metabólica, la Nakagin Capsule Tower, y lo hacemos con la excusa de su deterioro y de sus carencias en materia de seguridad sísmica. Pero ¿no había otra opción?

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Nacho Carratalá

 

Una vez más, nos enfrentamos al eterno debate entre funcionalidad y arte en la arquitectura. Una doble perspectiva que, en las mejores obras, converge y rema en el mismo sentido, pero que, a la hora de su preservación suele entrar en conflicto. Está claro que los avances tecnológicos y los cambios urbanísticos dejan obsoletos muchos de los proyectos más representativos del siglo XX, pero no así su condición de hitos en la historia de la arquitectura y, por ende, en la historia del arte.

Lo que hoy nos planteamos es hasta qué punto la iconicidad de un edificio compensa el valor del suelo y los gastos de mantenimiento de una estructura claramente superada en términos técnicos. Es posible que el derribo y la construcción de un nuevo proyecto, actualizado y adaptado a su entorno, sea la opción más racional, pero hay algo más. Algo que no suele tenerse en cuenta: la identidad urbana, el valor intangible del edificio y su componente artístico. Aquello que hace excepcional una pintura, una escultura, o una poesía: la combinación de talento, armonía, sensibilidad, creatividad y técnica. Una conjunción irrepetible que, cuando hablamos de arquitectura, no suele ser suficiente para conservar una obra maestra.

Un poco de historia

 

Kisho Kurokawa diseñó la Nakagin Capsule Tower en 1970 como si fuera la tesis de un movimiento revolucionario que replanteaba por completo el funcionamiento de la arquitectura. Diez años antes, en 1960, junto a Kiyonori Kikutake, Fumihiko Maki, Masato Otaka y Noburu Kawazoe, y bajo la influencia del genial Kenzo Tange, se publicó el manifiesto Metabolismo 1960: Propuestas para un nuevo urbanismo.

La Nakagin Tower en su contexto urbano.

El nombre heredó la inspiración natural del organicismo y la elevó a un punto de vista biológico, donde las ciudades y los edificios se concebían como organismos en constante transformación. Desde esta perspectiva, sus componentes debían cambiar para adaptarse a las nuevas necesidades a través de un proceso evolutivo imparable, cuyo fundamento hay que buscarlo en una de las premisas del metabolismo: la impermanencia.

Debemos tener en cuenta que la destrucción ocasionada por la Segunda Guerra Mundial en Japón fue devastadora. Los efectos de los bombardeos convencionales y de las dos bombas atómicas obligaron a toda una generación de arquitectos nipones a crear estructuras efímeras para acoger temporalmente a la población afectada. Una circunstancia que, por otro lado, no es tan extraña para un país donde habitualmente suceden catástrofes naturales, como terremotos y maremotos, capaces de generar una sensación de incertidumbre ante la propia existencia. De ahí que las estructuras metabólicas tengan “fecha de caducidad” y la temporalidad forme parte de su naturaleza.

Pero aún hay más. Como en un organismo vivo, los edificios deben ser lo que parecen. No hay lugar para la simulación. La denominada materialidad del metabolismo defiende una honestidad absoluta en sus materiales, instalaciones y diseño. La funcionalidad es total y, por lo tanto, debe estar abierta a la tecnología y a sus avances globales. Kurokawa y sus compañeros lo llamaban receptividad y tenía mucho que ver con la concepción organicista de la arquitectura. De hecho, es habitual explicar la receptividad mediante una analogía con la medicina, en tanto que, si una técnica médica o un medicamento pueden contribuir a la mejora de un organismo y a su adaptación, los nuevos materiales y las nuevas tecnologías pueden igualmente contribuir a la mejora de un edificio y a su actualización.

Y ahora que hemos revisado los principios básicos del metabolismo, vamos a intentar entender por qué es tan importante la Nagakin Tower.

 

La muerte de un edificio vivo

 

Hemos empezado hablando de la faceta artística de la arquitectura y de su importancia como argumento para preservarla. En este sentido, si bien el metabolismo es funcional, su inspiración biológica bien puede tener algo de emocional. Por eso, permitidnos la licencia de tomar la emoción como argumento a través de las palabras del hijo de Kisho Kurokawa:

“La idea de la cápsula surgió un día en que mi hermana y yo estábamos jugando a bloques de construcción. Estábamos uniendo bloques con forma cúbica. Mi padre me estaba mirando y dijo que le parecía una construcción interesante. Empezó a dibujar y a tomar apuntes. Por supuesto, en aquellos momentos, ni mi hermana ni yo teníamos ni idea de que eso fuera metabolismo”.

Detalle de las cápsulas en el que se aprecia su avanzado deterioro.

Como en tantos momentos históricos, estamos ante a un instante de claridad creativa. Un segundo mágico en que los pensamientos se ordenan y nuestro bagaje intelectual y emocional encaja para dar lugar a algo nuevo. Lo habréis oído miles de veces con la expresión: “Y entonces todo hizo clic”. Ese “clic” es el big bang que puede dar sentido a toda una vida: una lucidez que va más allá de su significado semántico y alcanza el de su etimología; la luz. Luz sobre lo que no sabíamos que sabíamos.

Aquel juego infantil dio forma a lo que Kurokawa ya había esbozado en su pabellón Takara Beautilion de la Exposición Internacional de Osaka de 1970. Las células que se apilaban vertical y horizontalmente sobre una retícula metálica pasaban a insertarse verticalmente a dos núcleos de hormigón de 52 metros de altura, que contenían los ascensores, las escaleras y las instalaciones del edificio. Cada una de ellas estaba concebida como un miniapartamento de apenas 10 metros cuadrados con un mobiliario hecho a medida que ofrecía todas las comodidades de la época; desde un estéreo, hasta una nevera, pasando por un escritorio escamoteable y un aseo con WC, lavabo y ducha. Lo justo y necesario para los trabajadores japoneses durante su semana laboral lejos de casa.

La vida útil de cada célula era de 25 años y, al ser independientes, podían sustituirse sin afectar a las demás. Siguiendo las premisas de la impermanencia y la receptividad, las células debían renovarse regularmente para que el conjunto siguiera vivo y adaptado a las nuevas necesidades. Sin embargo, nunca fue así. Ninguna  fue sustituida y siguieron cumpliendo su cometido mucho más allá de cualquier plazo razonable. Muchas se abandonaron y su estado comenzó a ser peligroso para el resto, mientras que otras se mantuvieron habitadas sin ningún tipo de mantenimiento. Basta decir que, en los últimos años, ni siquiera funcionaba el agua caliente.

El problema es que este edificio ya era icónico cuando sus 144 células aún se encontraban plenamente habitables y no demasiado desactualizadas. Se conocía su valor y su papel en la historia de la arquitectura y, aún así, se permitió que el deterioro avanzase hasta cronificarse, hasta convertirse en un vecino molesto a los ojos de los pudientes vecinos del céntrico barrio de Shinbashi. Y es aquí donde cabe preguntarse cómo era de tentadora la demolición de la Nakagin Tower en una ciudad donde el suelo es un bien tremendamente escaso y donde el alquiler de una simple habitación supera el salario mínimo de España.

Sería muy ingenuo pensar que fue solo su lamentable estado lo que motivó la demolición. Quizás no haya detrás una historia de venganza e intrigas, como en la célebre Pagoda de Fisac, pero sí una mezcla de intereses económicos, ausencia de escrúpulos y dejadez institucional. Porque esto no ha sido un derribo de la noche a la mañana. Las primeras intentonas se remontan a 2007, año de la muerte de Kurokawa, como si la Nakagin Tower hubiera empezado a morir cuando su creador dejó de vivir. Poesía metabolista, al fin y al cabo.

Una luz brilla en una de las cápsulas superiores la noche previa al desmantelamiento del edificio.

Bonus track

 

A pesar de la desaparición de este icono arquitectónico, todavía podemos visitar algunas de sus cápsulas. Las que estaban en mejor estado han sido salvadas tras su extracción y se exhibirán como reliquias del metabolismo en museos de todo el mundo. Para empezar, una de ellas, ya forma parte de la colección del el Museo de Arte Moderno de Saitama (MOMAS), por cierto, otro proyecto de Kurokawa, inaugurado diez años después de la Nakagin Tower.

Hay que reconocer que tiene algo de performance artística desmembrar un edificio concebido como un organismo y exhibir sus restos en otro edificio diseñado por el mismo arquitecto. Pero la audacia, el morbo y la ironía no sirven de consuelo.

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