Las emblemáticas Torres de Colon, o Torres de Jerez, o Torres Rumasa han sufrido varias remodelaciones desde su creación hace ya más de medio siglo. Un icono arquitectónico tan cambiante como su propio nombre que hoy queremos conocer más a fondo, desde su espectacular construcción, hasta las polémicas en sus sucesivas reformas.
El edifición Colón es el más alto, ni lo fue en su momento; tampoco ahora serán dos torres, sino una. Ni siquiera iba a ser un edificio de oficinas. Y quién iba a decir que perdería su elemento más reconocible, la estructura suspendida del enchufe art decó que lo coronaba. Menos aún que precisamente esa seña de identidad no estuviera contemplada ni por asomo en el proyecto original. En fin, que, con semejante historial, ya podemos intuir que estamos ante un proyecto especial. Seguramente el más cambiante y uno de los más controvertidos de la ciudad de Madrid. No en vano, ya lo fue en sus inicios, cuando miles de madrileños vieron como sus 20 plantas iban creciendo de arriba abajo.
La plaza de Colón que conocemos hoy no tiene nada que ver con la que existía solo unos años antes de comenzar la construcción de las torres. El nexo de unión entre Recoletos y el Paseo de la Castellana, se ha dicho que es un conjunto deslavazado de elementos inconexos, una suerte de totum revolutum donde cabe un conjunto escultórico brutalista, el edificio neoclásico de la Biblioteca Nacional, la estatua neogótica de Colón, una bandera de España de proporciones colosales, una escultura temporal de Plensa que ya es casi indefinida… Y las Torres, claro. Como referencia constante, dominando el puzle.
El desmadre, urbanísticamente hablando, llegó en 1964, con la adquisición de los dos palacios por el promotor Ezequiel de Pablos y la inmobiliaria Osinalde, que encargaron sus respectivos proyectos a Antonio Perpiñá y a Antonio Lamela. Los arquitectos, en lugar de plantear sus edificios individualmente, decidieron presentar una propuesta conjunta al ayuntamiento y en 1966 se aprobó el proyecto de “Ordenación de la Plaza de Colón”. En él, se describía la estructura de Lamela como “una unidad arquitectónica de marcada verticalidad” y se preveían 40 plantas de altura, algo que al arquitecto le pareció desproporcionado y completamente fuera de lugar.
Para solucionarlo, Lamela decidió desdoblar esas 40 plantas en dos torres y, cuando le dijeron que dos torres no eran una unidad arquitectónica, argumentó que no eran dos torres, sino un par de torres: lo que le valió la aprobación del proyecto en 1968. Un proyecto que partía de una mínima ocupación del suelo y una maximización del espacio en altura. Todo para dar esa superficie a los peatones y facilitar el acceso a los niveles inferiores de los edificios.
Bajo esas premisas, la arquitectura suspendida parecía la solución perfecta. Aunque, en el caso de las Torres de Colón, el concepto se llevó al extremo. Un extremo muy extremo, si tenemos en cuenta que, por aquel entonces solo había 14 edificios en el mundo construidos con esta técnica y ninguno de ellos con una estructura atirantada de hormigón pretensado. Entonces, ¿por qué se hicieron así?
La idea consistía en coronar cada núcleo con una cabeza desde la que se colgaban los tirantes que debían sostener y comprimir las plantas. Una cimentación inversa que empuja los forjados hacia la parte superior, donde el empuje se reparte en la cabeza y se transmite al núcleo, que a su vez lo trasmite, ahora sí, a favor de la gravedad, hasta el suelo. Esto que suena muy complicado y que técnicamente fue un prodigio, lo explicó el arquitecto Antonio Lamela con una claridad exquisita y una taza de café en la mano:
“Imaginémonos que la taza tuviera un soporte vertical como base, como una copa. Las cargas suben por las péndolas pretensadas que rodean la fachada (que sería el cuenco de la copa), y que se comprimen contra la cabeza de la torre (la servilleta). Luego bajan por el núcleo central (el fuste de la copa). Es decir, el edificio no cuelga hacia abajo, sino que se comprime hacia arriba, contra la cabeza. Funciona al revés de la construcción tradicional, lo que permite, en las tres plantas basamentales comerciales y en el garaje, liberar espacio libre, sin pilares”.
El problema llegó en 1970, con los núcleos terminados y las cabezas en construcción: el 7 de Julio, el alcalde de Madrid, Carlos Arias Navarro, decidió paralizar las obras y ordenar la demolición inmediata del proyecto “por no ajustarse a la ordenación aprobada y considerar inadmisible un aumento de la altura y del número de viviendas”. Antonio Lamela siempre achacó esta decisión a motivaciones políticas y al ansia de notoriedad de Arias Navarro, quien ya se postulaba para la presidencia del Gobierno.
Finalmente, se demostró que la obra cumplía la normativa, ya que las tres plantas de altura extra que alegaba el ayuntamiento correspondían a las cabezas y no a superficie habitable. Pero, entretanto, los dos núcleos permanecieron desnudos, para estupor de los madrileños, incapaces de atisbar por dónde iba a ir ese proyecto tan extraño con dos torres raquíticas de hormigón. Tampoco es que el asombro terminase cuando, tras tres años de pleitos, la obra se retomó y vieron cómo los pisos se iban construyendo en sentido inverso al de cualquier edificio convencional. Nada más terminarlo, Osinalde se lo vendió al entonces empresario de moda: nada más y nada menos que José María Ruíz Mateos, todavía sin disfraz de Superman.
De hecho, en los primeros proyectos, llaman la atención las grandes terrazas que ocultan por completo la estructura. Un rasgo que, incluso en esta fase residencial, se fue retrayendo en beneficio de mostrar los tirantes, aunque sin renunciar a crear un solo piso por planta, enorme y carísimo ya que, si hacemos cuentas, solo nos quedan 40 viviendas.
Tan caras y exclusivas eran, que la promotora decidió construir un piso piloto en una finca de Boadilla. Una rodaja de una torre con sus mismas dimensiones, distribución y proporciones, completamente funcional y decorada por los interioristas del estudio para que los clientes pudieran incluso pasar una noche antes de decidirse a comprar. Una pena que ya no exista, a pesar de haber sido utilizada como residencia particular hasta hace solo unos años.
En defensa de Vidal, cabe recordar el proyecto que Carlos Lamela presentó en 2017 para ampliar las torres. Un proyecto que fue aprobado por el ayuntamiento y que también crecía en altura, apoyándose en el núcleo. No obstante, también es justo decir que aquel proyecto guardaba una mayor coherencia en los elementos externos y, además, no prescindía de los volúmenes brutalistas inferiores.
Sea como fuere, os dejamos con un mensaje válido para cualquier proyecto de ampliación. Javier Manterola, uno de los ingenieros que calcularon la estructura, dijo: “No hay otro edificio igual y merece la pena mantenerlo como está y como se proyectó desde el principio. Eso desde luego. Ponerle más carga a este edificio, más empuje de viento, sería peligroso. Yo no me fio”.
Lo único cierto es que, si hay algo que no va en contra del espíritu del proyecto, es el cambio en sí mismo.
Referencias bibliográficas: Torres Colón: su proceso constructivo. Arte e innovación por Manuel Haro Ramos (2014) / Antonio Lamela y Torres Colón por Concha Esteban (2017) / https://www.lamela.com/proyectos/torres-colon/
FOTOS: Estudio Lamela, Plataforma Arquitectura, Pinterest, El País, Algargosarte, Wikipedia, Twitter.
TEXTO: Nacho Carratalá.
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